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Catástrofes Naturales: el nacimiento del Homo Dolarensis

Dino Buzzi narra una historia de formación sobre arquitectura, cuevas y desarrollos inmobiliarios

“Yo era generoso y bueno; y la desgracia me convirtió en un monstruo. Devuelveme la felicidad y volveré a obrar con virtud.” - Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo

El colapso del sistema bancario aceleró cierta hibridación del rol del arquitecto frente a la sociedad. Amparado en su resiliencia creativa para sobrevivir la crisis, supo dejar de lado el purismo de la tradición proyectista para abrazar un alter ego desarrollista. Haciendo las veces de asesor financiero, ha sido siempre uno de los primeros en acoger los ahorros, refugiados de las debacles financieras por familiares y amigos, para ponerlos a resguardo en la palpabilidad del ladrillo. © Manuel Ignacio Nesta

El rito de iniciación

En los días previos pensó que, llegado el momento, todo se dejaría andar, se ablandaría y cedería terreno. Que sería menos incómodo o se sentiría menos forzado. Pero mientras camina por el centro tanteando y palpando a cada paso su campera customizada, como un bailarín o un espía, se da cuenta de que nadie lo había preparado para esto.

No pasa un segundo sin que ensaye una cuenta, un cálculo en el aire a cuyo final no llega nunca por la mirada de algún tipo con pinta sospechosa o por el ruido que emite el caño de escape de una moto lejana. Esos ojos indiscretos y ese trueno diesel bien podrían significar el accidente más temido de esa caminata entre el lugar en el que se ha bajado del colectivo y la Cueva1: una amenaza, un tironeo, un golpe en la cabeza, y la desazón de comprobar que es el animal más débil y vulnerable del ecosistema del centro porteño. Cuando las alarmas sobre algún sospechoso se apagan vuelve a repasar, entonces, cómo se han repartido las cantidades en los distintos recovecos de su abrigo.

Los pesos de su tía, cuatro fajos bastante voluminosos (medio tres ambientes con cochera y balcón-terraza, según sus cuentas), están en los bolsillos externos. Los suyos y los de su socio, en dos bolsillos bien grandes generados ad hoc con la ayuda de su hermana en la parte interior de la espalda. Dos amigos del secundario también decidieron unirse a esa competencia de clavados que es pasar de inquilinos a dueños con billetes que viajan en pliegues secretos de la capucha y la manga derecha, respectivamente. Y en la manga izquierda un refuerzo de su madre. Fue ella, justamente, la que le recomendó el viaje en colectivo: anónimo, sin necesidad de pasar por estacionamientos, de detenerse en semáforos, o de entregarse a ese azar que es subirse a un taxi porteño.

Ya está a mitad de camino. La barranca queda atrás, y ahora es uno más en el centro de Buenos Aires. El pasaje del Bajo al pleno Microcentro es evidente: la frecuencia del poder financiero se debilita, las patrimoniales sedes centrales de los bancos escasean y el paisaje general se ha diversificado. Ahora está definitivamente adentro, es uno más en el sistema. Mientras mira de reojo el conjunto de edificios y los detalles de la arquitectura, siente que esas observaciones le cuestan cada vez más, como si el influjo de los pesos repartidos alrededor de todo su cuerpo estuviesen ejerciendo algún tipo de radiación que contribuyese a desprogramarlo, casi como una kyrptonita.

Le queda solo una cuadra. Acelera el paso, tantea nuevamente los pesos radioactivos y piensa en cómo la vieja expresión sobre pesar la plata, aplicada históricamente para calificar a los millonarios y poderosos, se usaría en este caso con una ironía vulgar. Con suerte lleva apenas cuatro o cinco kilos de sobrepeso. Pero no tiene que achicarse tampoco; tras una transformación temporal en dólares, esos kilos eventualmente serán unas cuatro o cinco toneladas de tierra y finalmente, el peso de un edificio entero.

Lo que pesa tanto en ese momento, entonces, no son los billetes en sí mismos, sino la carga real de las expectativas propias y colectivas de querer hacer un edificio; el esfuerzo y el tiempo invertido por todos que están detrás de esa inversión. Todavía no lo sabe, pero algún día va a recordar con ternura y cierta vergüenza este momento, el día del trance a través del cual se borró definitivamente la infancia y la academia de la cara cargando encima el peso de un edificio entero.


  1. En Argentina, cueva es un término coloquial que se aplica a una casa de cambio clandestina que suele ofrecer una tasa de cambio mejor que la oficial. 

El fulgor del momento vuelca a la profesión hacia un período de gran versatilidad. La academia, incapaz de mantener el paso de la realidad, se queda al margen de una transformación que es en gran parte fagocitada por un sistema financiero que se estaba reconfigurando para hacer de la propiedad horizontal su nuevo escenario de acción. La arquitectura sintoniza en el fideicomiso un lenguaje para traducir los temores en certezas, los ahorros en departamentos, y a la profesión en un oficio financiero de transmisión oral meta-disciplinar. © Manuel Ignacio Nesta

Todas las cuevas la cueva

La tregua de haber llegado lo tranquiliza e incluso lo entusiasma, pero otro reflejo profesional lo hace desconfiar de ese hall chato y mediocre. Para los nervios que tuvo que pasar hasta llegar, el lugar es un desengaño. La mención de una cueva siempre lo hacía pensar en grottos barrocos y manieristas, en entradas a jardines secretos, en gabinetes de curiosidades, en lugares que bordeaban lo trascendental. Y ese acceso casi mudo de cualquier lenguaje arquitectónico, decorado apenas con menús de rotisería pegados por algún cadete diligente, refuerza la sensación de una inmersión lenta pero inexorable en un líquido oscuro, cada vez más lejos de la luz y el conocimiento.

El edificio de la cueva es uno de los tantos de ese elenco interminable de edificios de oficinas del centro de la ciudad construidos entre los sesenta y los setenta. Una caja de zapatos que contiene decenas y hasta centenas de cajas de zapatos más chicas con poca o nula entrada de luz natural, pasillos revestidos de granito o enchapados en madera, y ciertas reminiscencias al cine clase B. Casi concibiendo un género local de exploitation arquitectónico, estos edificios, desde inicios de la década del setenta, se han concedido la modestia de acumular muchos de los misterios de Buenos Aires: dealers, revendedores, chapuceros, terapistas alternativos, clubes de conspiración, editoriales piratas, coleccionistas de juguetes antiguos, prostíbulos, estudios de abogados; y ciertamente cuevas, cientos de ellas, factótums de la maquinaria secreta que sostiene en voz baja el funcionamiento de la ciudad formal.

Toca el portero, dice su nombre y el nombre de la persona que lo recomendó, y la puerta de entrada se abre. Sube, golpea la puerta, y ya está adentro.

Primero pasa a una especie de living-recepción, a un cuarto más chico después, y se sienta en una de las dos sillas de plástico azul que hay frente a un escritorio vacío. “Este grotto no me lo contaron en ninguna clase teórica”, piensa. La cara del tipo que le abrió, un barbudo, le resulta familiar, pero desaparece por una puerta detrás del escritorio antes de que pueda observarlo con detenimiento. Mientras espera, el aire se carga con la estática de la infracción. Al cabo de unos minutos aparecen otros dos. Le ofrecen un café, que rechaza, y le piden los pesos, que entrega de a poco, extasiado, con el pulso tembloroso de la fe. Se despieza de a poco, primero los bolsillos internos y externos, luego la capucha, finalmente las mangas. Le dicen que tenga paciencia, que son muchos billetes. Antes de empezar, como en una película de las que vio tantas veces, decide hacer la pregunta que suspende la acción en una pausa dramática: “¿La cotización de la mañana se mantiene?” Tras unos segundos de duda y un intercambio de miradas, llaman al barbudo, que aparece fugaz y confirma el número previamente acordado.

No es una segunda revisión de esa cara lo que completa el recuerdo que se obstinaba en no dar con su forma, sino más bien la marcial sentencia de la cotización del día: ese cuevero de barba larga y desprolija, de anteojos gruesos y juicios firmes, es igual a Manfredo Tafuri. Mientras el de remera gris y dientes de melamina cuenta los pesos en una de esas máquinas que solo tienen los bancos y los narcotraficantes y el otro, un flaco alto ojos de luz blanca, se los lleva al cuartito de atrás, no puede dejar de pensar en Tafuri. O sea, la historia y la crítica de la arquitectura nunca han sido actividades redituables, es sabido, pero esto quizá sea demasiado. Tu quoque Manfredo, Manfredo querido, Manfredo Tafuri perdido para siempre. ¿Habrá otras cuevas como esta en todos los abyectos edificios de oficinas sobre Lavalle, Bartolomé Mitre, Sarmiento y las otras calles del microcentro? ¿En esto terminaron las utopías? ¿Cuevas donde Cacciari consigue euros, donde Dal Co no cobra comisión, donde el Dispositivo Foucault es el apodo de la maquinita cuenta billetes?

El flaco, mientras tanto, sigue entrando y saliendo de la Cueva de la Cueva. Cada vez que sale, deja en el escritorio oportunos fajos de dólares, cuyo valor, bien macerado a lo largo de estos años, está listo para ser reconvertido en materia física. Finalmente, cuando no queda peso por convertir, le entregan todos los fajos de plata junto a un papelito que arrancan de una de esas calculadoras de despachos contables amarillentos que imprimen las cuentas.

Una vez afuera, de nuevo en la calle, se siente un poco más hombre. O un nuevo tipo de hombre mejor dicho; un Homo-Dolarensis. Antes de emprender la marcha hasta el siguiente punto mira el comprobante del cambio. Ese papel de gramaje mínimo, impreso en una tinta que se borrará mucho más rápidamente que sus recuerdos de esa mañana, será la única prueba de que estuvo ahí practicando la más negra y maravillosa de las magias.

La práctica, en un obligado baño de humildad tras años de opulencia, debió enfrentarse además al realismo mágico que significaba hacer en tiempos de crisis. La “encíclica nacional” que hace tiempo había depositado una fe ciega en el dólar como sustento popular de futuro, había hecho lo propio con el ladrillo, uniéndolos en sagrado matrimonio. Así fue que, lejos de definirse en el idilio del tablero, muchos proyectos de ese período dieron sus primeros pasos en un sub-mundo de estructuras financieras informales, las cuevas. Ahí dónde lo tipológico se desdobla en grotesco, es donde parece empezar y terminar el acto arquitectónico. © Manuel Ignacio Nesta

Catástrofes naturales

El camino a la siguiente parada, el Banco, lo hace más tranquilo. En concreto, tiene más que perder. Está gordo, como dicen. Pero hay un elemento empoderador en la posesión de dólares, algo entre el fervor religioso y la satisfacción de una buena operación cambiaria. Lo había oído desde chico, sí, esa fe se la habían inculcado como a tantos otros jóvenes nacidos entre los setenta y los ochenta. El dólar, mezcla de superstición y dogma; reserva de valor, modo de vida, refugio, locus amoenus a salvo de las tormentas de la bipolar economía nacional. ¿Quién puede sentirse inseguro con unos fajos de dólares encima?

Así que camina un poco más tranquilo y en pocos minutos llega a la puerta principal, saluda a su socio, que lo espera en el gran acceso del banco, del lado de adentro, con la misma expresión un poco agotada que él también tiene. Se saludan y entran a buscar al escribano, que espera en un sillón del hall central charloteando con el dueño del lote. Todos juntos al fin, se dirigen a una de las salas de reuniones que los bancos esconden en sus sótanos, especialmente preparadas para este tipo de operaciones. Mientras se acomodan se sorprende al notar que a pesar de la formalidad institucional de los materiales y los muebles, los pósteres de cuidado diseño publicitando créditos, la calidez calculada de la luz y la idea de bienestar que intentan proyectar las plantas artificiales, el aura de esa sala es la misma que la de la cueva. No importa en qué parte del gradiente de la legalidad se encuentren, las arquitecturas del dinero y las finanzas parecen no poder eludir su aire ajeno y artificial.

Se sientan y empiezan a repasar los términos del contrato. Pero él no puede concentrarse en los números y los papeles. Se le vienen a la mente imágenes de catástrofes naturales: terremotos, huracanes, lluvias de langostas, inundaciones repentinas de esas que cuando el agua rebelde finalmente baja, dejan en evidencia la basura, los desechos y la mugre, todo revuelto en plena calle. Una devaluación funciona un poco de esa manera; una externalidad más o menos previsible, de gran carga folclórica, sobre cuyas manifestaciones previas se ha construido un saber que tiene aristas tanto técnicas como intuitivas.

Tras contar la plata, billete a billete, hasta dos o tres veces para estar seguros, agarra la lapicera, firma, y respira hondo. Listo. Una operación inmobiliaria que también es rito, eso es lo que han hecho a fin de cuentas. El trabajo de oráculos, de climatólogos, de brujos y alquimistas. Prever la catástrofe convirtiendo a los dólares primero en tierra y luego en “ladrillo”, transformando a los familiares en fiduciantes de un contrato, mutando ellos mismos de arquitectos en rescatistas financieros de su círculo de confianza y finalmente en desarrolladores, vocativo de muy amplios e inciertos significados.

Ahora tienen un terreno y deberán levantar un edificio. Una caja de seguridad de 1400 m2 cubiertos con amenities que completan esa ficción que no le enseñaron en ninguna materia de la universidad, donde toda discusión es sobre planta habitable. Quizá ya no sea más arquitecto. De hecho quizá dejó de serlo en el momento en el que le dieron el título en la mano y estuvo fuera de los predios de la Ciudad Universitaria, ya que de repente percibe la arquitectura como una especie en extinción que solo se puede preservar en determinados ambientes protegidos.

Todos se levantan, guardan sus respectivos papeles, se saludan, y se dispersan por las calles del centro. Ahí, de nuevo entre la gente común, con la marca todavía fresca de aquel fuego, se siente capaz de prefigurar su futuro. Un tiempo seguramente más prosaico y menos lírico, en el cual su piel se irá endureciendo, sus ojos se acostumbrarán a ver en la oscuridad, y se volverá un experto en la práctica de rescatar pesos y dólares de su sueño de faraones en frascos, sobres, colchones, carpetas, y fondos falsos, para convertirlos en materia invulnerable.

El dólar, el prodigio

Vivo como un parásito dentro de la mente de la clase media, avivando el fuego de sus ambiciones de movilidad social, soplo los vientos impredecibles del sistema financiero argentino, me entretengo dándole algún que otro ajuste a los pormenores urbanísticos de la Ciudad de Buenos Aires.

No les voy a hacer perder el tiempo. No vamos a jugar a las adivinanzas. Yo soy un Dios. Un dios furioso y ubicuo. El culto obsesivo que me rinden los argentinos me da fuerzas, me hace eterno y fugaz. Mi poder en estas tierras nace en los años setenta, al calor de las armas, de la confusión, del desarme de las instituciones, del embelesamiento colectivo ante el espectáculo de un sistema económico corriendo loco por la pendiente resbaladiza que lo llevó a su destrucción.

Soy un Dios contemporáneo, no respeto tradiciones. Soy joven, voluble, inalcanzable, no me concedo la vanidad de practicar actos piadosos como los Dioses antiguos: las comedias cambiarias, los atajos contractuales, las especulaciones cotidianas que ustedes rumian en secreto para tratar de entenderme y anticiparme, son mi pan de cada día. No siento culpas. Ustedes vinieron a mí para tener algo en qué creer, ustedes me pusieron en un pedestal y me elevaron a la altura de vuestras mismísimas moradas. Y así me hicieron forma de lo digno por excelencia.

Todo eso abarco. Soy un tigre que destroza, un fuego que consume, un río que arrebata. El mundo, desgraciadamente, es real. Yo, afortunadamente, soy el dólar.

Este texto, producido en el marco del programa CCA c/o Buenos Aires, forma parte del proyecto “Me conociste en un momento extraño de mi vida” que se plantea como una mirada introspectiva de la arquitectura y su campo de acción en tiempos de crisis.

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